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Comunidad de propietarios

Actualizado 19/05/2006
721 lecturas acumuladas
3  mensajes
Autor
Tema
Fecha
dic.-2005
260 mens.
Usuario Habitual
18/05/2006 16:30
I. Justificación de este artículo
Pese a que sobre los temas de propiedad horizontal se ha escrito «longe et late», se han descuidado no obstante algunos que, si no se tratan en la Ley (ni tenían por qué hacerlo), nos parecen definitivos y, desde luego, tan importantes como los que ha apurado incluso la exégesis de los artículos de la misma. Lógica observación si se tiene en cuenta que la casuística sobre los mismos desborda naturalmente los parámetros de la Ley, y pese a que ésta sea muy detallista, como se advierte de su articulado.
Tampoco existe jurisprudencia (no es su cometido...) que descienda a arbitrar medidas respecto de la reunión que se convoque al menos para deliberar y, si se puede, alcanzar acuerdos. Y sin embargo estoy convencido –y lo he venido reiterando exhaustivamente– que una reunión bien organizada y diseñada con un orden del día bien estudiado y diseccionado redundará sin lugar a dudas en el desarrollo de la reunión, que tiene su particular y psicológico tratamiento y debate, pues ambos aspectos, los de la organización de la reunión y la celebración de esta última, se implican y deben cohonestarse en la misma suerte, y no ya sólo entre la organización y toma de acuerdos, sino también en la potenciación y una mayor cualificación de los órganos que la presiden, la administran y la documentan. Y es que la cualificación profesional de tales órganos de la que habla la Ley no sólo se consigue diplomándola y otorgando titulaciones, que también (me refiero ahora al caso del administrador), sino demostrando capacidades y aptitudes, cuando –repito– se proyecta la reunión, se celebra la misma con autoridad y sobre todo con «auctoritas» y se extiende debidamente redactada y cerrada el acta... que al final es lo «que se manda leer», por los tribunales quiero decir.
Obviamente no es éste el momento para abordar los temas que apunto, a los que he dedicado algunos esfuerzos, y me ceñiré exclusivamente a de la preparación de la reunión «ágrafa», dada su orfandad doctrinal, jurisprudencial y más aún en términos de Derecho positivo.
Omitiré también descender y hasta clasificar el tipo de reunión de que se trate: informativas (o de información descendente), para recoger su información (o de información ascendente), para recoger opiniones y puntos de vista ; reuniones de formación, de cooperación e intercambio de información ; reuniones para generar ideas ; para tomar decisiones... que contribuirán para llegar a un acuerdo, aunque todas en buena medida lo sean, para que el orden del día resultare atractivo para los asambleístas y para la mejor obtención de resultados concretos.
No, nuestro propósito por ahora es reflexionar brevemente sobre algunas consideraciones tendentes a que la reunión se programe con las debidas cautelas... y si se quiere hasta artilugios –lícitos, ha de entenderse–, si lo son en pro de la comunidad (lo que no debe excluir los de algún comunero, cuando procedan), y de la paz social... Y con ese carácter apunto algunas observaciones ya referidas bien en concreto a nuestras comunidades de propietarios, que es el objeto del presente artículo.

II. La preparación de la reunión
Desde luego, si algún tipo de reunión necesita de la «debida» preparación para que los debates posteriores transcurran por unos cauces pacíficos y amistosos, esa sería la que se convoque para al menos debatir sobre un tema concreto del orden del día o de todos los puntos que esta comprenda. Y digo bien, porque, incluso aunque se tenga el tiempo suficiente para prepararla, el éxito no estará asegurado ni mucho menos, aunque contribuya a ello, si no se habla antes con algunos miembros de la junta y hasta incluso con otros que no pertenezcan a la misma.
¿Por qué llevar a la junta, por ejemplo, asuntos que todavía no convenga tratar, bien por la naturaleza del tema, porque éste no esté maduro, sea muy extenso o no esté debidamente diseccionado, porque los asuntos están planteados de forma ilógica y que acaso reconducirán a adoptar decisiones erróneas?
El hablar «con los demás». supone que averigüemos cuál es la postura que van a adoptar respecto de ciertos asuntos, si están de acuerdo o no con los planteamientos propuestos y cuál puede ser el objeto de la discordia. Carece de sentido el estar preparando durante muchas horas una reunión si resulta que todos comparten nuestra opinión. Dicho de forma bien sencilla: se trata de saber quiénes están a favor o en contra del punto del orden del día sometido a debate ; huelga advertir que nada impide que la junta se rodee de los comuneros «más influyentes» para saber, no sólo si se cuenta con sus votos, sino para saber cuáles son sus argumentos a favor o en contra, recabando su información, para no estar solo el día que se celebre la reunión.
Como sobra decir también que la información esencial no puede obtenerse de quien no merece confianza a la junta. «A contrario», si se ha convencido a comuneros para que apoyen los argumentos traídos a la reunión, la junta debe recabar la máxima información para ilustrar mucho mejor las argumentaciones, con lo que se puede conseguir con ello un doble efecto: el de la propia y convincente argumentación, y el que quien ha facilitado la información necesaria no se «pase de bando» a la hora de aprobar el acuerdo de que se trate. Los destinatarios de la reunión, los comuneros, no son sólo personas a las que se necesita hablar ; quieren datos ; de ahí que la junta deba ir pertrechada de informes que avalen, por ejemplo, el presupuesto de gastos que se pretende aprobar para la reforma del cuadro de máquinas del ascensor ya caduco, el coste del cloro de la piscina, el aumento de los gastos del portero físico, o el que se pretenda instalar mecánicamente para sustituirlo, por poner algunos ejemplos, que podrían darse entre otros muchos.
Y otro tanto puede decirse sobre el capítulo de «ruegos y preguntas», y que en muchas ocasiones son una invitación para que la reunión sea, no sólo una pérdida considerable de tiempo, sino también semillero de «prácticas y trampas verdaderamente maquiavélicas» y fraudulentas.
Quizá sea el anterior tema uno de los más importantes de cuantos se incluyen en el orden del día y respecto del que la junta debe tener especial cuidado, y conocimientos, para que los astutos y tramposos actúen pillando desprevenidos a la junta y a sus oponentes.
No es éste el momento de adentrarme en tan importante materia (1) con orfandad total, al menos doctrinalmente, y respecto de la que ahora ya advertimos a nuestros lectores de los peligros que para la comunidad puede entrañar cuando, so pretexto de que se trate de un «ruego» y/o «pregunta» que incluso procesalmente tiene su propio significado, se encubran «verdaderos acuerdos» que son declarados después nulos por los tribunales, con lo que ello ha de suponer para terceros «vinculados» a tal «acuerdo» y que contrataron con la comunidad fiados en el mismo y para la propia comunidad, y con lo paralizante que puede suponer para el propio funcionamiento de la misma, en el ínterin entre el acuerdo así tomado y la resolución judicial que lo declare nulo.
Otro supuesto que merece tratamiento especial desde la perspectiva que estudiamos es el referido a la «preparación del moroso» cuando se está organizando el orden del día. Dos medidas pudieran producir efectos en tal sentido:
- Una es que entre la fecha de convocatoria a junta y la celebración de ésta exista tiempo suficiente para que el moroso «pueda organizarse» –económicamente se entiende–, y en dicho intervalo consignar judicial o notarialmente la suma adecuada o impugnar judicialmente las deudas vencidas.
- Otra es que los órganos de la comunidad sean especialmente cuidadosos a la hora de relacionar quiénes son los verdaderos deudores en el momento de iniciarse la junta.
Naturalmente, conociendo la mecánica con la que se mueven las comunidades en estos temas, nada impide que antes incluso de que proyecte y fije la fecha de la asamblea, el administrador realice las gestiones oportunas y los necesarios requerimientos para que el propietario moroso no se encuentre en ese trance y en esa situación.
De otro lado, ha de verse si los morosos, ante su privación de voto, asisten a la junta o no, pues no parece que tenga mucho sentido que los mismos puedan opinar (la norma, desde luego, no lo impide) y no puedan votar, ni ser computado su voto a efecto de alcanzar las mayorías exigidas en esta Ley, lo cual puede facilitar su alejamiento y su ausencia de la junta, o por mejor decir su «autoexpulsión» de la misma.
En cualquier caso, sigo pensando que la medida, además de oportuna, resulta positiva, pues aparte de que no puede desgajarse de un contexto mucho más amplio, tampoco son desdeñables los efectos psicológicos y sociológicos que se producen muchas veces cuando se empieza a tomar conciencia de que sus deudas pueden ser reclamadas y hechas efectivas con la máxima celeridad procesal a través del proceso monitorio, lo que sin duda puede, junto con otras medidas, suponer un efecto disuasorio.

III. La actuación del presidente en la reunión de propietarios
1. Consideraciones previas
Toca ahora referirnos a algunas consideraciones-recomendaciones que debe guardar quien presida la reunión, que seguramente será la misma persona que la preparó. Nadie mejor para reconducirla, si se tienen en cuenta las cautelas y garantías de que habláramos antes.
A la preparación ha de seguir ahora el trascendental tema de cómo han de celebrarse las reuniones, de cómo se han de reconducir los casi inevitables debates sobre infinidad de temas y cuestiones... con las dificultades de un tratamiento unitario de los mismos... y por supuesto y sobre todo, cómo han de actuar los órganos correspondientes, cómo ha de conducirse el presidente dirigiendo al asamblea, y cómo ha de dotarse de las técnicas pertinentes, de la inteligencia debida y del siempre gran sentido del humor que recomendamos, como se verá más adelante. Para que los grandes temas sobre todo (ya se comprenderá la imposibilidad de hacerlo de los infinitos que se plantean a diario, tantos como comuneros al menos) no se resientan ni en su exposición, ni en el nudo gordiano de los mismos, y para al final obtener el mejor desenlace (como en cualquier «drama» o «comedia») de la reunión.
Se quiere decir con todo lo expuesto que la actuación del presidente, sus recursos, sus habilidades, sus artilugios incluso... y desde luego su inteligencia han de resultar decisivos para que la asamblea resulte atractiva y productiva.
Las brevísimas consideraciones indicadas en esta sede expositiva van a dar paso, por tanto, a una serie de reflexiones y desde luego recomendaciones, que ha de tener presente quien dirige o representa una reunión, y sobre todo si se trata de una comunidad de vecinos, para resolver, si ello resulta posible, los avatares y los debates –¡ojalá que incruentos siempre!– de la comunidad, y lo haremos distinguiendo su actuación en primer lugar con las recomendaciones de carácter general, más atinentes a las cualidades y condiciones personales que debe reunir dicha figura jurídica, para a continuación ya actuar sobre los casos, los supuestos y las ocasiones que han de ofrecerle algunos «colegas» insolidarios, incívicos, dominantes... y hasta agresivos que con frecuencia nos encontramos en asambleas comunitarias.
Si ya partimos de encontrarnos con tan buenos amigos en ese viaje, parece de entrada lógico que el presidente tome las riendas del problema, buscando soluciones prácticas al mismo, sin exaltarse y exacerbarse, y ello en beneficio de su propia credibilidad, controlando las emociones, manteniendo la calma y siendo amable a pesar de todo... aunque seguramente sea mucho... ; pero vayamos por partes.

2. La actuación tolerante del presidente
Se esté lo comprometido que se quiera con lo que se dice en una asamblea, lo importante en cualquier caso es no perder la calma, respecto lo que realmente se crea y se defienda. Los participantes en una reunión, y la gente en general, consideran –y así es– que cualquier arrebato en la contestación a un comunero es opuesto, por principio, a toda razón. Cuanto más apasionado se sea, menos racional se muestra, y si lo que se pretende además es dar una imagen de una persona cuyos juicios y opiniones están basados en razonamientos lógicos, y en una asamblea se pierde la calma, se está en el camino de no conseguir los propósitos deseados.
Muestra de emoción –sobre todo las negativas– como el miedo, el enfado o la tristeza... minarán la credibilidad de un presidente, arrastrando en ese sentido también sus argumentos, que adolecerán de tales circunstancias.
Si el presidente muestra también la misma agresividad y la arrogancia que provienen en muchas ocasiones de determinados comuneros, lo que conseguirá respondiéndoles igual es poner a la gente en su contra, y obviamente se mostrará reacia y contraria a votar a favor de la propuesta o del acuerdo que se trate de aprobar. Una solución inteligente sería dejar que los participantes expongan sus criterios, sus razones y sus argumentos... y que el presidente sea uno de los últimos en hablar, pues aparte de calibrar el tono de la reunión, de recopilar información y de escuchar tales argumentos, el hablar al final o el último tiene la considerable ventaja de que impacten mejor los razonamientos y la solución conseguida en los asistentes.
Pase los que pase... nada impide que el presidente sea amable, que elogie lo que hayan expuesto quienes le han precedido en el uso de la palabra ; comportamiento que conseguirá votos a su favor sobre todo si lo que se va a decir lo es en contra de alguien que se haya mostrado en tales términos. Por ejemplo: «María Luisa tiene toda la razón al decir que la toma del acuerdo es de gran importancia para que la comunidad funcione, eliminando el ruido molestísimo que producen “cantando” (ladrando, se entiende), en horas intempestivas, como por ejemplo las 7:30 horas, ciertos animales de compañía, o que el portero se descuida en el horario de la recogida de las basuras. cuando hay algún acontecimiento futbolero que coincide ¡qué casualidad! con el de su obligación».
El elogiar a los demás, aun en el caso de ciertos incumplimientos de los mismos, siempre le hace parecer a uno noble y demuestra que se sabe aceptar positivamente cualquier idea que redunde en beneficio de la «comunidad»... lo que a su vez supone que cuando el presidente se halle en contra de algún posicionamiento de un comunero, se crea lo hace al margen naturalmente de cualquier perjuicio personal, y que el desacuerdo encuentra fundamentos sólidos y racionales ; y si además el elogio se produce en público, la postura contraria del presidente respecto del oponente seguramente éste no la tomará como si se tratara de un ataque personal. Ahora bien, si como presidente discrepa mucho respecto de los planteamientos que realizan los demás, no sería mala técnica que se aplique con moderación y muy sutilmente, pues si así no fuera, la técnica podría sonar a actitudes falsas. Desde luego, la regla de oro en las reuniones de que se trate es que cuanto más auténtico se muestre uno en los elogios más genuino también aparecerá el elogiante ; idea que, pese a su elementalidad, se olvida con frecuencia cuando se trata de algo muy importante, sobro todo a la hora de debatir temas de comunidades de vecinos.
Naturalmente, si a pesar de tales técnicas, habilidades, artilugios y trucos si se quiere, del presidente, y aun siendo brillante en su exposición, no se obtienen los resultados perseguidos, ello no se puede tomar como si de algo personal se tratara. Aquí habrá que hacer acopio de dignidad y buen humor (básico éste en los temas que tratamos), aunque se vea obligado a dejar constancia del desacuerdo, pues siempre se podrá argumentar y recordar en caso de fracaso que en cuanto que presidente nunca se estuvo de acuerdo con tal decisión...
Seguramente no les gustará a los participantes y/o comuneros que se les diga que «ya os lo dije y os lo advertí», todo menos que se muestre enfado y que se carezca, una vez más, del gran sentido del humor que requiere cualquier reunión y sobre todo las que atañen a los siempre conflictivos temas que se debaten en las asambleas de propietarios y/o juntas de vecinos.
Parece claro que un presidente, por bueno o competente que sea, en muchas ocasiones no podrá modificar y menos cambiar los caracteres y los planteamientos de los demás, sobre todo cuando concurren a las reuniones a que nos venimos refiriendo. No puede, por ejemplo, el presidente convertir al timorato en entusiasta, ni al que va con la intención de torpedear una reunión en alguien que respete los dictados previamente establecidos. Su labor básicamente consistirá en refrenar los excesos en el comportamiento de los demás, sobre todo cuando éstos empiezan a interferir para que la junta o la asamblea no se desenvuelva con la fluidez necesaria ; no se puede convertir al charlatán, que frecuentemente asiste a las reuniones, en una persona lacónica ; sus intervenciones se harán interminables y seguramente si es una persona dominante, no se sentará en una esquina del aula donde se celebre la misma ; necesita ser vista ; no tiene miedo a decir cuanto crea conveniente... pero nada impide por ello que se le exija, como se verá inmediatamente, que modere su comportamiento y su protagonismo para que los demás puedan expresarse libremente, sin que se les ataque o se les intente silenciar sus argumentos.

IV. La actuación del presidente en relación con los «grupos» (2)
1. Planteamiento general
Qué duda cabe de que el tema hasta aquí desenvuelto se complica cuando el presidente (y no sólo en la materia estudiada) ha de realizar su actuación quizá de enfrentamientos que provienen de «grupos» en muchas ocasiones bien pertrechados en cuanto de tales argumentos y por ende o como derivación de ellos que la reunión que debe plantearse como instrumento psicológico de integración social, como antes se ha visto, sirva bien al contrario para reafirmar la de tales grupos y de las finalidades que los mismos pretenden.
No es este el momento para destacar los principales defectos de la reunión convocada al efecto, que pueden también contribuir a que tales grupos sepan a qué atenerse.
Si las reuniones son procedimientos esenciales de trabajo, indispensables para llevar a cabo una toma de decisiones coordinadas, intercambiar ideas pactando líneas y pautas comunes de actuación, todos sabemos y hemos podido comprobar la gran cantidad de energía y de esfuerzos que pueden desperdiciarse en reuniones mal preparadas, peor dirigidas y al final desaprovechadas.
Tampoco es el momento de indicar algunas causas que pueden llevar a tal situación (incapacidad para quedarse sólo el presidente consigo mismo y frente a problemas «de los otros» ; dificultad de estudiar a fondo los problemas de la comunidad o de la sociedad de que se trate ; el miedo a tomar decisiones de forma autónoma ; el gusto por la agitación, el placer y la falta de preparación y organización adecuadas de las reuniones, convocadas sin previo aviso, o sin una formulación precisa de los objetivos de trabajo de los puntos a debatir y tratar para llegar a acuerdos, etc.) ; defectos a los que brevemente nos hemos referido en los epígrafes anteriores, que no sólo obstaculizan la actuación del presidente y que si referida a la misma con los «grupos» éstos pueden elevarla en una especie de «tercera derivada» al fracaso de la reunión mal preparada, pero desarrollada y en muchos casos finalizada como «el rosario de la aurora» (y perdóneseme ahora tal expresión).
No es objeto de este artículo referirme tampoco a las múltiples competencias-funciones que el artículo 13 y concordantes de la LPH confiere tras la reforma operada en 1999 al presidente, que puede hacerlas valer frente a identidades y actuaciones grupales, y a las que con un carácter sintetizador del desarrollo de los anteriores epígrafes nos hemos referido.
Visto el alcance de lo que el presidente puede hacer y dejar de hacer, en este último punto queremos establecer una serie de acotaciones psicológicas útiles para que el presidente frene los comportamientos, actitudes e impulsos de tales vecinos que actúan en grupo, conscientes de que «la unión hace la fuerza» (su fuerza, naturalmente) y/o porque consideran que están en posesión de la verdad (su verdad, claro está).
Ocasiones se advierten en que determinado grupo está callado, inhibido y hasta apático ; silencios en suma que pueden incitar a otros comuneros para «romper tal silencio» y hasta atacándoles para que reaccionen aportando ideas como cuestiones que a todos les afectan. No se nos escapa que las discusiones que se planteen en las mismas estarán en torno (deberían estarlo) a los temas del orden del día previamente estudiado y confeccionado ; tampoco ignoramos que las intervenciones de los comuneros y en ocasiones de «grupos» en los que se integran y que les apoyan pueden ser tantas y en muchas ocasiones tan pintorescas y tan «imaginativas» que son muy difíciles de reducir a «sistema».

2. Y en concreto algunos supuestos
Como es bien sabido en las reuniones a que nos venimos refiriendo nunca faltan participantes que muestran una charlatanería inoportuna, en cuyo caso el presidente puede recordarles lo limitado del tiempo y la necesidad de que otros hagan uso también de la palabra ; duración del tiempo que en reuniones numerosas por principio ha de limitarse de antemano respecto del tiempo de intervención, y sin olvidar que toda agresión (o agresión percibida con tal) por parte del presidente contra un participante puede provocar generalmente en el grupo en que se integra el locuaz interminable una reunión «solidaria» con el miembro atacado y, por tanto, una alianza táctica del grupo contra quien dirija o presida la reunión.
Si, como resulta harto frecuente, en tales reuniones asamblearias existen desviaciones del tema objeto de debate por parte de un miembro del grupo o de este en su conjunto, quizá la mejor solución sea que el presidente las reconduzca hacia el tema y los objetivos propios.
Otra cuestión es que tales desviaciones sean continuas y sistemáticas, en cuyo caso quizá estemos ya antes un saboteador de la reunión para que no se celebre.
En ocasiones, el grupo buscará evasiones como mecanismos de defensa para no enfrentarse con el tema objeto de debate impidiendo que tomen conclusiones y decisiones.
En los anteriores casos, como ha de suponerse que exista un malestar existente, quizá la mejor solución sea la de que el grupo se enfrente con el tema, provocar que el grupo plantee la situación desde otra perspectiva con un enfoque diferente, o que en suma si, fracasada la anterior estrategia, que se elija otro momento más oportuno para abordar y decidir la solución del tema.
Quien ha asistido con cierta frecuencia a tales reuniones habrá comprobado que en más ocasiones de las necesarias el grupo o participantes del mismo se muestra agresivo ; agresividad que puede provenir de muchas causas: miedo, tensión, confrontación de intereses, lucha por la dominación de la junta o del poder, discrepancias sin resolver entre sus miembros, resistencia a tratar el tema propuesto, etc.
Como la agresividad puede exteriorizarse dentro de la dinámica del grupo que intervenga o de algunos de sus participantes y que en todo caso pueden constituir factor de riesgo, ante el mismo puede establecerse una doble estrategia:
a) Si tal agresividad proviene de una persona determinada o de una minoría que no cuenta con el respaldo de un grupo actuante en su conjunto, se podría acudir a su aislamiento, demostrando con evidencia su papel perturbador y hasta su responsabilidad en el mal funcionamiento del grupo, animando al resto de los comuneros para que expresen su opinión y su malestar, o incluso planteando directamente el tema de los perturbadores de una forma pública o privada para persuadirles de que se reintegren y que actúen de forma positiva.
b) Si la agresividad proviniere de la totalidad de un grupo, quizá lo más prudente sea detener la reunión, plantear expresamente la cuestión ante el grupo e investigar las causas de tal agresividad. Si el grupo es numeroso y se opone a tal análisis, lo más conveniente quizá sea suspender la reunión, pues si prosiguiere aquella en esos tonos seguramente no se obtuviese nada provechoso. Un receso quizá pueda calmar los ánimos para proseguir con los temas del orden del día.
Huelga decir que el presidente debe conservar la calma y no dejarse llevar por la emotividad. El sentido del humor quizá resulte un recurso de gran utilidad para «desdramatizar» algunos problemas en las comunidades y para ayudar a que se descargue una agresividad y mucha adrenalina que se producen con harta frecuencia en nuestras comunidades.
Cuando aparecen enfrentamientos o alteraciones graves del orden de la reunión, la dinámica puede quedar bloqueada. Tales alteraciones suelen estar relacionadas con actitudes y conductas provocativas que pretenden intencionadamente paralizar el curso de la reunión e impedir que el grupo alcance sus objetivos. Puede adoptar la forma de:
a) Boicot mediante el cual uno o varios participantes intentan minar la reunión planteando constantes dificultades o debilitando sus recursos. Quizá en estos casos lo más conveniente sea aislar al boicoteador, llamando la atención sobre su táctica, y en casos extremos proceder a su expulsión o a la suspensión temporal de la junta, por tratarse de un caso parecido al expuesto anteriormente.
b) Confrontación seguramente nacida de la actitud negativa y hostil de un participante hacia las opiniones expuestas en la reunión y que termina provocando una discusión o incluso un enfrentamiento abierto. Se trata la anterior de una situación en la que se hace necesario recordar los objetivos perseguidos por la reunión convocada al efecto y la necesidad de alcanzar los acuerdos pertinentes. Hay que atenerse a los hechos y alentar a los participantes a discutirlos con tranquilidad, y recurrir a estrategias para relajar la tensión, como, por ejemplo, acudiendo al sentido del humor para conseguir calmar la situación.
c) Alteraciones graves del orden provocadas por uno o más participantes, que incluso pueden llegar a comportase violentamente y a provocar disputas. También aquí se hace necesario llamar al orden al alborotador, y si llegare el caso de que se excediere en su conducta, instarle para que se marche de la reunión e incluso proceder a su expulsión. Si la conducta de algún o algunos participantes provocare su expulsión y no se observaran quórums suficientes, la reunión podría suspenderse (la Ley obviamente no contempla tales supuestos en su art. 17) ; distinto sería el caso de que el cómputo del expulsado fuere necesario para configurar aquéllos...
Todo menos que quien presida la reunión se muestre autoritario en sus múltiples manifestaciones ; negativo ; no aceptando criterios opuestos a otros ; descortés, faltando al respeto e interrumpiendo a los que intervienen para hablar él ; pasivo, dejando al grupo a sus propias fuerzas...
Todo menos que quien presida la junta ignore que es el orden del día, bien estudiado y confeccionado en todas sus posibles variables y soluciones, el que facilitará o al menos contribuirá al éxito de la reunión.
Todo menos que ignore que «en ruegos y preguntas» no pueden tomarse acuerdos que trasciendan el carácter de aquéllos, pues seguramente serían nulos, con los efectos posteriores antes indicados.
Como estamos instruyendo sobre lo que no se debe hacer por el presidente y/o la junta es que por ejemplo convoque una reunión en una hora intempestiva, o en un horario en que sea imposible lograr las mayorías del art. 17 LPH (según qué casos, claro está) para tomar acuerdos válidamente, bien porque ya sepa de la insistencia de «ciertos comuneros» o porque «a contrario» no ignore que con otros se aprueben acuerdos que sólo a algunos convenga e «interese».
Lo diré de otro modo: no parece que tenga mucho sentido convocar una reunión en plena época estival y/o de vacaciones para aprobar el tema de la calefacción, que está todavía lejos, o el de la reforma de los ascensores, que por el momento no corren prisa, pese a que se trate de realizar obras importantes económicamente hablando, o que en el orden del día de la reunión ésta se encabece con el nombramiento de una nueva junta a lo mejor, o peor para endosar a esta posibles acuerdos también de trascendencia económica o irrealizables –según– por infinidad de motivos que están en la mente de todos, y todo menos que se niegue el presidente a asumir la presidencia (salvo casos que obviamente no pueden estar tasados y que sólo los jueces apreciarán) de la reunión, y sin que al parecer contraiga responsabilidades que sepamos, al menos jurídicamente hablando.
Seguramente en este artículo me habré quedado corto tanto en las consideraciones expuestas respecto de la actuación moderadora del presidente, que aquí he limitado a su actuación en un plano bien general positivo o negativo, o en relación exclusivamente con los grupos.
Habrá, cómo no, otros muchos supuestos «atípicos», «originales» e «imaginativos» que si ciertamente son difíciles de reducir a método y sistema en su exposición, nudo y desenlace como acontece con cualquier comedia y/o drama, no compete ahora alargar más éste artículo, pues casi con toda seguridad cada uno de tales supuestos ¡y son tantos! también tendría su propio y específico tratamiento, y eso sí que ya excedería y con mucho la proporcionalidad y la mesura del artículo y de otras exigencias que se imponen a las del propio autor (me refiero obviamente a su extensión), aunque ya adelanté que trabajo en la redacción de una monografía que intitularé ¿Cómo resolver los debates en las comunidades de vecinos?, y entonces sí que intentaré resolverlos, aunque se trate de la segunda guerra civil –de los comuneros quiero decir–, y respecto de los que ahora sólo interviene (1) A la misma dedico un artículo ciertamente amplio en homenaje al profesor de Derecho Civil D. Luis Díez Picazo y que, junto con los de otros trescientos autores, se ha publicado en la obra colectiva editada por Thomson-Aranzadi.
(2) Ver sobre este tema nuestro artículo «Acotaciones psicosociológicas en las Comunidades de vecinos» y publicado en el Boletín del Colegio Territorial de Administradores de Fincas de Madrid, nº 79, febrero 2001, y del que extraemos ahora algunos planteamientos
el presidente y/o la junta de comunidades...

ago.-2004
2346 mens.
Usuario Asiduo
18/05/2006 16:44
....UNA PREGUNTA...EN RESUMEN EL PORQUE Y PARA QUE DE ESTE MENSAJE?.
ene.-2006
66 mens.
Usuario Habitual
19/05/2006 23:54
De qué parcela eres????
Ls exposición está muy bien, pero ¿podrías ser más concreto?
sep.-2008
807 mens.
Administrador

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